Salvador

📄 SINOPSIS:
Año 1980, San Francisco. Richard Boyle es un fotoperiodista y veterano de una infinidad de conflictos armados que decide viajar hasta El Salvador por su propia cuenta y riesgo para cubrir el hervidero en el que se ha convertido ese pequeño, pero estratégico, país de América central. Al mismo tiempo, Reegan es elegido presidente de EEUU y en El Salvador se alza con el poder un nuevo General convertido en una marioneta americana. Al final todo acabará desembocando en una cruenta guerra civil. (Cineycine).
“¿Sabes lo que es una cédula? En Santa Ana vi a un chico con un disparo en la cabeza y colgado de un tanque por no tenerla. Si no la tienes sellada el día de las elecciones estás muerto. ¿¡Democracia!? ¿Qué clase de democracia es esta en la que se tiene que votar y si no votas te acusan de comunista subversivo? Así la gente votaría hasta por el Pato Donald o Genghis Kahn. Si no, un tiro y listo”. Oliver Stone lleva a James Woods al infierno de El ‘Salvador’.
“Hay que acercarse para conocer la verdad. Pero si te acercas demasiado mueres. Algún día conseguiré lo que hizo Capa. Y esa foto dará la vuelta al mundo” (John Cassidy)

Crítica de Salvador
A finales de los años setenta, Oliver Stone conoció a Richard Boyle por mediación de Ron Kovic. Y ambos decidieron unir sus caminos en el verano de 1977 en Venice Beach. De los años que Stone pasó con Boyle, y de sus periplos cubriendo puntos calientes por todo el globo, fue surgiendo el material que dio pie a ‘Salvador’. La película se estrenaría en cines norteamericanos el 5 de marzo de 1986. Digamos que el film serviría al director y guionista para reconciliarse consigo mismo como realizador tras varios fracasos anteriores. Además lo prepararía para filmar consecutivamente varias de sus obras claves.
‘Salvador’ logró ver la luz cuando Stone se asoció con la productora independiente Hemdale contando con un presupuesto de 3-4 millones de $. El film se rodaría casi al estilo guerrilla. El equipo se trasladó a los estudios Churubusco de México ante la imposibilidad de volar hasta América Central y filmar la película con la suficiente seguridad para sus vidas. Esto habría sido lo ideal y lo se quería en un principio. Vista la cinta, y salvo que el espectador sea oriundo de El Salvador, es casi imposible detectar que la producción no se filmó realmente allí… o en algún país mucho más parecido. Estamos ante una obra visual que respira una veracidad insuperable en todo. Además cuenta con una fotografía y ambientación que resultan magistrales.

Respecto a la trama, reafirmar que los personajes de Richard Boyle y Doctor Rock son reales. Igual que los hechos descritos. Tan sólo se cambiaron nombres para evitar demandas. Así pues, prácticamente todas las escenas surgieron de los sucesos narrados por Boyle a Stone. Incluso de momentos vividos en común entre ambos. En este aspecto, ojo al lío de los documentos falsos en la frontera con Guatemala y como acaba todo porque, quitando la parte del acorralamiento en el autobús, sucedió y acabó tal cual en la vida real. Esto ocurrió cuando Stone y Boyle estuvieron en dicho país buscando colaboración militar.
Sobre el personaje de Boyle real, al que Stone ayudó y con el que fraguó una kamikaze amistad, dada la explosiva personalidad de este, el cineasta clavaría la siguiente descripción: “La mayoría de la gente lo consideraba un alborotador, un borracho y un chupóptero. Él vivía la vida real. Siempre construyendo en su imaginación un castillo donde atesorar todo aquello en lo que creía”. Tal cual Stone lo resume en dichas palabras, es como lo vemos en el film. Y es, tras los ojos de ese personaje tan excesivo y, a menudo, contradictorio, sobre el que se teje toda la potente trama de este largometraje tan poderoso y contundente. Un film también tan personalísimo como visceral. Una obra cien por cien de Oliver Stone.
El título del film, ‘Salvador’, además de hacer referencia al propio país donde tiene lugar la trama, también hace un juego de palabras y fondo con lo que significa en español. Con esto quiero decir que nunca esconde su trasfondo católico-religioso. Y deja claro que, ni mucho menos, Boyle/Woods era un “salvador”. Aunque, en un momento dado, lleve a cabo actos que destilen un espíritu indómito de querer hacer algo bien por los demás, antes que por sí mismo… y sin nunca dejar de ser un vividor que no se arrepiente de sus actos (clave en ese aspecto la secuencia del confesionario). Respecto a los géneros tocados estamos ante un thriller revestido de drama político. Nació como una especie de ‘Los gritos del silencio’ (Roland Joffe, 1984) en América Central. En palabras de Stone: “Estaba dispuesto a vivir y morir por ella”.

Stone, en su doble vertiente de director y guionista, y en un alarde de valentía innata de su cine y de su propia personalidad, no tiene reparos en señalar a su propio gobierno. Al mismo tiempo, y llegado el momento, nunca endulza a los revolucionarios cuando estos eligen un camino que, a ojos del protagonista, se acerca mucho al de los villanos que combaten.
Toda esa empresa en que la que Stone creía firmemente da como resultado un film hipnótico, zarrapastroso en estilo y que transita por varios géneros. Golpeando permanentemente al espectador de mil formas. Y con imágenes y secuencias abrumadoras e inesperadas. En pantalla se nos muestra una realidad cuasi documental que, al mismo tiempo, lleva a los personajes de la comedia más bizarra (en su forma de vida y anarquía vital y emocional) hasta el drama más desgarrador, entrando de lleno en la misma miseria del ser humano a todos los niveles. Miseria simbolizada en los escuadrones de la muerte y en la llamada “mano blanca”.
Para la fotografía, Stone ficharía al documentalista Robert Richardson, en su debut para cines. Richardson consigue unas imágenes y postales realmente atrapantes. Bebe claramente de directores que supieron capturar ambientes de podredumbre en localizaciones latinas como fueron los maestros John Huston y Sam Peckinpah. Ojo a la perfectamente medida elección de secundarios feos, sudorosos y malencarados para dar vida a los asesinos, militares y políticos locales. Por su parte, en la música hallaremos a Georges Delerue. De su trabajo, además de la estruendosa banda sonora principal, destacan las sonatas locales y el himno de Yolocamba “El Salvador ta` Venciendo”.

En el casting sobresale el nombre de James Woods (Boyle). El actor detestó al momento al personaje al que daba vida. Y de esa rebeldía de construir algo mayor sobre él, su personaje se crece surgiendo de Woods una de las mejores interpretaciones de su extensa carrera. Junto a Woods/Boyle, y durante gran parte del metraje, avanza con andares pesados, y no siempre luciéndose lo que querría, James Belushi (Doctor Rock). Su personaje siempre corre el riesgo de caer preso del tic-tack (una especie de aguardiente casero que se bebe en El Salvador) y las drogas, mientras traza una extraña relación con prostitutas y niños huérfanos. Otro rol clave con peso y buenos momentos va para John Savage (Cassidy). Interpreta a un fotógrafo freelance que busca la postal definitiva que le otorgue la inmortalidad.
En la parte femenina del elenco destaca Cinthya Gibb encarnando a una monja americana que cree firmemente en su labor, a pesar de la peligrosidad que la rodea. Su salida del film es uno de los momentos más inenarrablemente impactantes del metraje. También sobresale Elpidia Carrilo (en los créditos con la errata Elpedia) como María, la joven lugareña con la que Boyle sueña iniciar una nueva vida. No es una mala labor la suya, aunque se notaba que aún no estaba muy versada en la interpretación. Y la tercera actriz importante es Valerie Wildman como Pauline, una reportera al servicio de los poderes fácticos a la que Boyle acusa de hacer sus crónicas desde la cama.
Entre los secundarios ojo al trabajo de Tony Plana (Mayor Max) y Juan Fernández. El primero como un dictador malencarado con odio en la mirada. Y el segundo dando vida a su insidiosa y ejecutora mano derecha. Menciones también para Colby Chester (Jack Morgan) como un auténtico diplomático americano con pintas de vividor. William MacMillan como el Coronel Hyde que se las tendrá tiesas con Boyle en no pocos momentos, siendo sus cara a cara auténticos caramelos para James Woods. Y, finalmente, el último rol relevante va para Michael McMurphy como Kelly, el claramente superado cónsul estadounidense.
“Todo lo que hacen es traer miseria a esa gente. No quiero ver otro Vietnam. No quiero ver a América metiendo otra vez la pata…” (Richard Boyle)

En resumidas cuentas.
Acabo esta crítica de Salvador, una obra convulsa, inesperada, valiente y desgarradora. Una película electrizante de Oliver Stone con un gran reparto que cuenta con un James Woods que simboliza a la perfección a toda una paradoja humana como fue Richard Boyle. Sensacional en su recreación de un mundo podrido y teledirigido por intereses ocultos y siempre mayores. Brutal y atrapante en su devenir. Como diría Scorsese: CINE.
Tráiler de Salvador
La dirección de Stone, notando en ella todo lo que quería decir como cineasta y que luego ya redefiniría en ‘Platoon’ y trabajos posteriores mucho más conocidos. James Woods y su colisión permanente con Jim Belushi. El perfectamente medido trabajo de casting en extras y personajes secundarios repugnantes. Su valentía para ir más allá de un simple film de reporteros en guerras. Su final, a pesar de sus notas añadidas, logra dejar un pozo eterno en el espectador.
Ciertos vaivenes que envuelven al Doctor Rock yendo, viniendo y sobreviviendo de formas insospechadas en un lugar tan inhóspito donde no paraba de hacer enemigos. En la versión castellana, el film tiene dos doblajes, intuimos debido a la censura de su momento.






